sábado, 3 de mayo de 2014

La Caja de la Perversidad II parte 2

¡Hola lectores, seguidores! Tengo el placer de presentar la segunda parte del segundo capítulo (vaya gracia) de La caja de la perversidad, la novela que actualmente publico en este blog. No había tenido la oportunidad de subir más puesto que me he concentrado en escribir un par de relatos. Agradecería de sobremanera que si no han leído las partes anteriores le den una oportunidad, es una novela mezcla de terror y erotismo....

Capítulo II Parte 2

En la noche era la cita con la familia de Sebastián. A pesar de los años que llevaban siendo una consolidada pareja, Macarena no había tenido la oportunidad de conocerles.

En un condominio ubicado en una zona elitista por temporalidad limitada, ya que cual moda pareciera que los ricos juegan con sus peones cambiado de tableros a su antojo, vienen como se van de las áreas predilectas, se hallaban Sebastián y Macarena. El automóvil a sus espaldas, café de marca japonesa, de muchos modelos atrás, había sido compañero del muchacho incluso antes de conocer a quien hoy era su pareja. Él vestía un pantalón negro, una sudadera también negra y zapatos tenis azules; ella un vestido color azul real con un zíper por el frente que iba del cuello al ombligo y zapatos de charol con traba color negros. De pie en el cuadrado de cemento de 4x4 metros en medio del monte de altura corta, uno al lado del otro, inspiraban y expiraban. Ella entre sus manos tenía una caja sin tapadera la que en su interior poseía un pastel adornado con turrón azul. El ding dong del timbre anunció su llegada. Los dos en silencio esperaban con un sentimiento incomodidad y nerviosismo, parecía que pronto se someterían a un terrible examen o suplicio.
—Hola…

La puerta de caoba fue abierta por una mujer de 55 años de edad, cabellos rubios que llegaban a sus hombros peinados en un estilo bomba, iris avellana, anteojos de contorno rojo y un vestido corto de lino color verde claro. La sonrisa instintiva con la que abrió la puerta para dar el recibimiento fue poco a poco transformándose en un incómodo apretar de labios.
—¿Sebastián? —preguntó la señora, como quien duda de la identidad de la persona que al frente tiene.
—¿Qué sucede madre? ¿Ya te has olvidado de mi cara? —con una sonrisa Sebastián se acercó a la mujer, abrazándola, correspondiéndole ella sin modificar la expresión de incomodidad.
—Lo siento hijo —al separarse, la madre de Sebastián no hacía más que observar de pies a cabeza a Macarena, quién tímidamente le sonría. La señora se tocó la patilla izquierda de sus anteojos con la mano del mismo lado, el joven mostraba los dientes y elevaba las comisuras de sus labios, situándose al lado de la mujer de cabello abombado.
—Te presento a Macarena Valladolid madre… —Sebastián extendió su brazo derecho hacia Macarena, quien se acercó, saludando a la madre del joven con un beso en la mejilla y sin soltar el pastel.
—Mucho gusto doña Ximena —en tono bajo dijo Macarena.
—Hola muchacha —después de verla en todo momento con gesto serio, le sonrió por compromiso, apretando sus labios una vez más—. No me digas doña, me hace sentir vieja.
—Disculpe —Macarena se ruborizó.
—No importa, pasen adelante muchachos.

Ximena, madre de Sebastián, entró a la casa primero, dejando la puerta abierta para permitirles a los jóvenes seguirla. Macarena arqueó las cejas hacia abajo y escondió sus labios llevándoles al interior de su boca, con preocupación miró a Sebastián, quien en un intento por animarla y sin entender los sentimientos de la muchacha de largos cabellos ondulados solo le sonrió, la tomó de la cadera para caminar lado a lado e ingresar a lo que un día fue su hogar.

De bambú el piso, la casa se componía por dos niveles. La entrada iniciaba con una sala conformada por tres sillones; uno largo y dos individuales, el primero de color amarillo se hallaba contra la pared y cerca de los escalones que dirigían al segundo nivel, mientras que los dos individuales se situaban al extremo contrario y eran de un color gris. La sala sin duda alguna era un contraste. Las paredes macizas eran adornadas por fotografías en blanco y negro y a colores. En todas las de colores aparecía Sebastián de pequeño con o sin padres, y las de blanco y negro eran de adultos que Macarena no conocía; sin duda los padres de Sebastián, solo que mucho más jóvenes.

Al caminar por la sala Sebastián observó a Macarena, ella le devolvió la mirada, él le sonrió, quería asegurarse que se sintiera bien y tranquila, aunque posiblemente para ella era imposible.

Cruzaron a su derecha, llegando al comedor que no era separado por puerta alguna de la sala. La mesa para seis personas de forma rectangular ya tenía uno de los espacios ocupados; la cabecera. Un señor de 70 años, calvo, tez blanca con manchas negras, vestido con chaleco gris sobre una camisa blanca y un pantalón de vestir, fumando un puro, les esperaba. Sonrió mientras inhalaba tabaco, quemó rápidamente la punta en un cenicero. Al lado de un cuadro imitación de Saturno devorando a su hijo por Goya, un bastón se sostenía contra la pared.
—Hola papá —dijo Sebastián, él y Macarena se acercaron al señor calvo.
—Buenas noches —dijo ella.

La madre de Sebastián había cruzado una puerta deslizante de madera, dejándola abierta para desde afuera apreciarse la cocina de azulejos alegóricos a comida. Ximena terminaba de vaciar contenidos de sartenes dentro de amplios platos de plata.
—Hola jóvenes —dijo el señor riendo luego con cierta complicidad, le dio a su hijo un apretón de manos para después besar en la mejilla a la chica sin desplazar su cuerpo demasiado—. Siéntense, siéntense —con ademanes a través de los brazos, el señor señaló los asientos a su lado derecho.
—Gracias papá.
—He traído un pastel, puedo llevarlo a la cocina… —dijo Macarena, sonrió sin poder ocultar la ansiedad que en su interior se producía, colocó el pastel a una altura adecuada para que el padre de Sebastián pudiese apreciarlo.
­­—Sí hija, sería muy bueno, llévalo, llévalo —el señor con tres dientes frontales rió con singular picardía.
—Permiso —dijo Macarena, observó a Sebastián, quien tomaba el asiento vacío a la derecha de su padre, el joven de rubios cabellos le sonrió, parecía indicarle que fuera sin inconveniente a la cocina, que se sintiera en confianza, pero dejándola sola, no conseguiría ese sentimiento en ella.

Sin oponerse Macarena caminó a su derecha, tocó la puerta de madera anunciando su próxima cercanía a Ximena, la madre de Sebastián terminaba de servir pavo ya cortado sobre un plato. Vio y sonrió forzadamente a la muchacha de tez morena.
—Yo… como agradecimiento les he hecho un pastel, un regalo… —Macarena no sabía cómo expresar claramente su objetivo.
—Gracias, déjalo por ahí…

—Hijo, ¿pero quieres matar a tu madre? —por su lado, riendo con picardía, el padre de Sebastián dijo a su hijo, el rubio juntó las cejas frunciendo el ceño y elevó solo la comisura derecha de sus labios.
—No sé a qué te refieres padre —dijo Sebastián mientras el señor continuaba riendo.

Macarena dejó sobre la mesa de madera con un mantel blanco cubierta, el pastel, Ximena tomó entre sus manos el plato de pavo para caminar al comedor. Los platos individuales ya se encontraban colocados sobre la mesa.
—¿Le puedo ayudar en algo? —preguntó Macarena observando a Ximena partir.

Ximena dejó el plato en medio de la mesa sin responder, después regresó.
—No, mejor sal de mi cocina por favor, no me gusta que extraños ingresen a ella —dijo Ximena tomando entre sus mano otro plato amplio de plata solo que éste con lechuga y tomate encima.
—Disculpe.

Sonrojada Macarena salió de la cocina. Sentía calor producto de la vergüenza, jamás imaginó una respuesta así. Por un momento sintió que su garganta se quebraba y una pronta necesidad de dejar fluir sus lágrimas se aproximaba, sin embargo enmascaró sus sentimientos con una sonrisa y saliendo rápido de la cocina.

Sebastián volteo a verla sonriéndole, ella bajó la mirada, sin delatar su sentir, tomó asiento al lado derecho de Sebastián. Ximena pronto colocó un plato de puré al lado de la ensalada. Fue y regresó por un pichel de fresco natural sabor a jamaica.
—Por favor querida, te encargo el vino blanco —dijo el padre de Sebastián a Ximena, quien con una sonrisa regresó a la cocina, alcanzando de la alacena una botella con una virgen como marca—. Que alegre es tenerte por acá Sebastián —los dos hombres en el interior de la casa se sonrieron, Ximena dejó el vino al lado derecho de su esposo, tomando asiento a la izquierda de él.
—Por favor sírvanse —dijo Ximena.

Con una sonrisa todos en la mesa, quienes componían la pequeña reunión para la cena, obedecieron la recomendación de la señora de cabellera rubia. Sebastián esperaba que fuera una cena estupenda, a pesar de conocer a sus padres, tenía la viva esperanza de disfrutar un placentero momento.
—¿Y sigues en el apartamento pequeño hijo? —preguntó Ximena, mientras, al igual que ella, todos comían.
—Sí madre, no recuerdo decirte que modificara de hogar —respondió Sebastián inteligentemente.
—Lo siento hijo —rió la madre—; ¿cómo ahora ustedes dos viven juntos no? —apuntó Ximena a ambos con el dedo índice y medio de su mano derecha, su esposo tomaba un copa de vino en un trago.
—Sí —contestó Sebastián, sin comer más miró a su madre, buscaba entender a que se debía esa pregunta.
—Lo siento, como es bastante pequeño el apartamento que posees Sebastián, y pues, ahora que son dos, no solo imagino que necesitan más comodidad, también reciben dos salarios… ¿por qué tú trabajas, no, Macarena?
—Este… —dijo Macarena, con dificultad la comida pasaba por su garganta, la incomodidad puede percibirse como una piedra en el esófago.
—Macarena trabaja en su segundo libro —contestó Sebastián, como quien intercede por un conocimiento instintivo de que su respuesta puede ser más satisfactoria para alcanzar la protección del otro.
—Ahhh… —la madre arqueó las cejas hacia arriba, suspiró y continúo comiendo.
—Es decir que no hace nada —el padre rió interviniendo, Sebastián observó irritadamente a su progenitor, mientras Macarena con malestar y pena observaba hacia su plato aún lleno.
—Estoy diciendo padre que está escribiendo su segundo libro, por el momento puede no apreciarse frutos económicos, mas personales sí, además una vez finalizado estoy seguro que Macarena será reconocida tanto como por lo gran escritora que es, así como financieramente.
­—Sí hijo... —rió el padre, dándole un par de palmadas en el hombro izquierdo a Sebastián—. No como tú que a los 30 años sigues siendo un corrector de textos.

Al oír las palabras de su padre Sebastián se irritó más, no pudo evitar fruncir el ceño, bajar la mirada y apretar los labios, tomó más ensalada sin ver al hombre más adulto. Sin embargo una cierta tranquilidad le invadió, al menos era mejor que le atacasen a él y no a Macarena
—Si ahora ya existen las computadoras, ellas solas te corrigen todos los textos —machacaba la herida el padre.
—Evidentemente las computadoras no pueden hacer lo que tu hijo hace, sino, ¿cómo se pagarían el apartamento? —rió la madre, Sebastián comía y Macarena empezaba a hacer lo mismo, quería huir del hogar de los padres de su novio, todo su sistema parasimpático detectaba el peligro—. ¿Cómo tomaron la decisión de vivir juntos?
—¿Por qué le sigues dando vueltas a ese asunto madre? No es nada que te importe —contestó Sebastián con una pregunta.
—Pues si me importa, estar con alguien coarta tu libertad, además que no es bien visto que…
—¿Qué no es bien visto? ¿Qué dos personas que se aman quieran estar todo el día juntas? —Sebastián enrojeció de las mejillas debido a la rabia causada por sus padres, su pareja no hacía más que comer sin ver el rostro de ninguno de los presentes.

Al notar que su hijo cada vez se molestaba más, Ximena prefirió callar. Los cuatro se concentraron en comer, en aquel momento los dos jóvenes añoraban que finalizara tal cena pesadilla.
—Ayer que fui al Instituto Guatemalteco de Seguridad, sufro del corazón, ya saben jóvenes que la edad parece una adicción, te va consumiendo… el punto es que una joven esperaba conmigo en una larga fila, estaba tan despeinada que daba vergüenza, con ganas le decía, "se equivocó de lugar, o yo me equivoqué de lugar, pero éste no es el Centro Psiquiátrico Fernando Mora" —rió el hombre calvo al terminar el relato, Macarena intento reír en una búsqueda desesperada porque la cena no se viniera más abajo, Sebastián apretó los labios, no entendía en nada la interrupciones innecesarias de su padre.
—Hablando del doctor… ¿no has buscado a nadie Macarena para arreglar las… manchas en tu cara?

Sebastián no podía concebir lo que su madre expulsaba a través de sus boca, esas palabras eran hirientes como el ácido; con la boca entre abierta la observó con furia a quien la vida le había regalado. Macarena palideció, sintió su corazón acelerarse, su presión bajó, vio la comida que casi terminaba, temía vomitar ahí mismo.
—La medicina ha avanzada tanto; la verdad me encantan los programas médicos y creo haber oído algo sobre una cura o solución, no sé, como realmente nunca había conocido tan de cerca a nadie con ese problema —la madre rió—, pues no le he prestado mucha atención. Serías bonita sin eso, pobrecita.
—No miro el punto madre, no seas entrometida —dijo Sebastián, tomó vino que le compartía su padre—, es más… —vio su muñeca izquierda, no tenía nada en ella—, ya se nos hace tarde, olvidaba que mañana es la finalización de un plazo, así que… —se limpió la boca con la servilleta de tela—; con permiso.
—Pero… —dijo Macarena, antes que Sebastián se levantara detuvo al joven tocándole el anverso de la mano izquierda con la palma de la suya—, podemos quedarnos un tiempo más, aún falta el pastel —con una sonrisa, parecía que de pronto los comentarios de aquellos dos desconocidos poco le importaban.
—Macarena… —Sebastián pronunció el nombre de la muchacha.
—No, no, por el pastel no se preocupen, mucha comida para una noche; pero si terminemos la cena que tanto me ha costado, después ya pueden irse.

Una hora después los dos muchachos ya se encontraban fuera de la casa. Se despedían de Ximena en el mismo lugar donde les había recibido, mas las circunstancias y ellos ya no eran los mismos. Una cena incómoda, descripción corta, una cena molesta, complementaria de la anterior deducción. Incómoda y molesta.
—Espero verte de nuevo pronto Sebastián, recuerda que soy tu madre y te amo —Ximena abrazaba con fuerza a Sebastián, despidiéndose del joven, seguidamente le proporcionó un beso en la frente.

Sebastián solo le sonrió. Entraron al automóvil para no dar marcha atrás y alejarse lo más rápido posible del lugar. La mirada entristecida de Macarena no se apartó de sus manos. El joven rubio, sin saber realmente que decir, prefirió callar.

9 comentarios:

  1. Hola, creo que es una buena opción escribir novelas por aquí. Una buena forma de darse a conocer.
    Soy de la iniciativa blogs asociados

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    1. Hola, sí, también lo creo. Un gusto. Ya te sigo =)

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  2. Muy buen relato, aunque me parece un poco largo para leerlo en un blog. Yo lo hubiera partido en dos partes. Hubieras creado más tensión a los lectores ;)

    Mil besos^^

    P.D.Te sigo por la iniciativa de blogs asociados

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    1. Muchas gracias, seguiré el consejo =). Ya te sigo.
      Un fuerte abrazo.

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  3. Interesante capítulo.. leeré el resto para enterarme mejor de que va la historia. Yo también estoy subiendo una blog-novela a mi blog, aunque bueno.. en breves la terminaré de subir.. jaja


    Te sigo que yo también pertenezco a la iniciativa de blogs asociados ^^

    un besooo

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    1. ¡Muchas gracias! Ya te sigo y enseguida te leo, que me ha llamado la atención. Un fuerte abrazo =).

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  4. ¡Hola!
    Me encanta, pero... me he quedado pensando que a lo mejor me he liado y estoy leyendo esto sin haber leído el principio. Ando confundida, ¿esta es la segunda parte de otra historia?
    Si es así, mejor dímelo y empiezo por el principio jajaj
    ¡Un beso, Virginia!

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    1. ¡Hola Virginia!
      La historia de por si es un poco liosa debido a que mezcla el pasado y el presente de Sebastián, es mejor tomarla desde el primer el capítulo, es lo único que por el momento escribo en el blog (aparte de las reseñas), en el menú encontrarás el órden. Te agradezco mucho por leerla. Un abrazote =).

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    2. De acuerdo, pues te leeré con más calma porque sí me estoy enterando pero claro, a veces falta algo y, ¡quizá lo que ocurre es que lo contarás en un capítulo posterior!
      ¡Nos vemos!

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